sábado, 16 de octubre de 2010

Entrevista al autor de "La huella Morisca".

"Para muchas personas españolas, todavía moro o marrano son insultos"

En el 400 aniversario del decreto de expulsión del pueblo morisco de suelo hispano, la actividad de rescate del olvido para este pueblo vejado se ha incrementado. Junto a la campaña que solicitaba la candidatura de los descendientes de moriscos-andalusíes al Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, como iniciativa ciudadana, laica, libre, independiente y plural, se une la edición de libros como La Huella Morisca escrita por el profesor de Derecho Antonio Manuel Rodríguez Ramos.

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    Para el periodico Diagonal Nº 134
    DIAGONAL: ¿Cómo comenzó tu preocupación o inquietud por este colectivo caído en el olvido como son los moriscos?

    ANTONIO MANUEL: Yo nací a una manzana de la morería de mi pueblo, Almodóvar del Río (Córdoba). Nací 500 años después de la revuelta alpujarreña y justo 700 años después de una revuelta mudéjar que vació mi pueblo de musulmanes. Nada de eso aparece en los libros de historia. Tampoco en las guías turísticas. Fue un hecho crucial que determinó para siempre la idiosincrasia del lugar donde nací, y en el que he decidido libremente vivir y morir. Pero no me di cuenta de lo que significaba hasta que aprendí a mirar mis calles, las casas, los patios, las costumbres, las hablas, y a los vecinos y vecinas con los ojos del que ha resistido íntimamente una expropiación identitaria. Entonces me entendí a mí mismo. Y a buena parte de lo males que han asolado la península ibérica desde el último destierro o extrañamiento de los moriscos hispanos. Fue entonces cuando tomé conciencia de que la reivindicación de la memoria histórica no tiene fecha de caducidad desde la última Guerra Civil española, sino que es necesario remontarse más allá para entender sus causas y la maldición de sus consecuencias. La muerte física y mental de los descendientes de moriscos que decidieron permanecer en la península es exactamente la misma que padecieron los rojos durante y después de la última Guerra Civil. Igual que aquéllos, muchos tuvieron que cambiar sus nombres. Los hijos de mi abuelo, sin ir más lejos. Mi abuelo Antonio El Carbonero era anarquista. Y yo. Sé bien lo que digo.

    Diagonal: Y te propusiste escribir un libro para...

    Antonio Manuel: Curar. La huella morisca tiene una finalidad terapéutica y política. Muchos y muchas de los que defendemos causas discriminatorias, somos incapaces de ver otras discriminaciones aceptadas o invisibles. Sin darnos cuenta, la memoria colectiva hispana extranjerizó todo aquello que se escribiera en árabe. Increíble. Y con ello hemos seguido el juego a la tesis aberrante del nacional-catolicismo español que justificó la reconquista de algo que jamás habían perdido. Para muchas personas españolas, todavía moro o marrano son insultos. Y la inmensa mayoría no sólo son incapaces de distinguir los conceptos árabe, musulmán, andalusí, mudéjar, morisco y moro. Lo peor es que los identificamos como extranjeros. Paradójicamente, quizá los llamen así los mismos que luchan contra las perversas leyes de extranjería. Por eso no estamos hablando de una reivindicación histórica de pasado, sino política de presente. Es necesario reconstruir la memoria colectiva de la península ibérica.

    Diagonal: En tu libro argumentas el fracaso de la expulsión de los moriscos ¿En qué te basas?

    Antonio Manuel: La orden de expulsión de los moriscos, es decir, de aquellos descendientes de musulmanes andalusíes conversos al catolicismo, causó dos exilios. Uno exterior, hacia el norte de África, Sicilia, Grecia, y las Américas. Allí, las huellas de Al Andalus se conservan como en formol. Pero la orden de destierro provocó también un exilio interior. Íntimo. Piensa que estamos hablando del pueblo mismo como la principal víctima de la orden. La mayoría de los habitantes de la actual Andalucía, Extremadura, Algarbe, Levante, Aragón y Cataluña, eran descendientes de musulmanes. Se negaron a abandonar su patria. Su tierra. Y emigraron hacia los lugares más inaccesibles del interior y la costa. Otros muchos sufrieron una migración obligada y preventiva para evitar la revuelta alpujarreña, expandiéndose desde la Andalucía bética hasta la comarca maragata leonesa. Todos ellos sufrieron el trauma de la expulsión. Y el trauma de la persecución inquisitorial posterior. La vida les iba en no parecer judíos ni musulmanes. Pero las culturas sobreviven a las personas y no se derogan como las leyes, ni se olvidan de un día para otro. Muchas de las actitudes propias del din islámico se conservaron en la intimidad sin saber su origen. Y se generó a la vez una cultura genuina y auténtica de apariencia exagerada de antisemitismo e islamofobia que dio origen a la cultura más hispana. Desde los olés (Allah) hasta la Semana Santa, pasando por el consumo descomunal de vino y cerdo. El intento de exterminio de la diferencia fracasó porque hizo nacer la cultura de resistencia popular más diferente que existe.

    Diagonal: Aún así, ¿no vencieron los poderes fácticos al conseguir que un pueblo olvidara hasta lo que quería olvidar?

    Antonio Manuel: Destruyeron la prueba. Los libros. Las piedras. Las personas. Convirtieron los minaretes en campanarios. Las morerías y juderías en los barrios con mayor número de nombres católicos en sus calles. Y expulsaron a la gente. O los quemaron vivos en sus plazas. Les prohibieron vestir como vestían. Hablar en su lengua madre. Y es cierto que olvidamos hasta el punto de creernos una historia oficial absolutamente increíble. Pero las huellas permanecen. Inconscientemente, es cierto. Aún así, durante cinco siglos el pueblo las mantuvo en el alma como quien guarda un tesoro. El peligro de desaparición es actual, producto de la homogeneización globalizadora. Con la misma legitimidad por la que luchamos codo con codo con los movimientos indigenistas en América, tenemos que luchar por evitar la desaparición de un modo concreto de entender la vida y que se halla incrustado en las vetas del alma jornalera del campo y del mar. Libertaria en definitiva. Éste esfuerzo de visualización explica la Candidatura al Premio Príncipe de Asturias de la Concordia para los descendientes de moriscos-andalusíes. O la iniciativa legal para su equiparación jurídica con los sefardíes o los nacionales de países vinculados históricamente con España. Es una lucha por la diversidad cultural contra los movimientos uniformalizadores que hemos padecido a lo largo de la historia, y que ahora sufre el mayor ataque. Nuestros antepasados supieron conservar esta diversidad inconscientemente. Ahora nos toca a nosotros reivindicarla desde la conciencia.

    Diagonal: ¿Qué tenemos los actuales moradores de Andalucía de moriscos?

    Antonio Manuel: Somos ellos. Somos moriscos. Somos hijos de su cultura que nació para resistir. El flamenco y lo flamenco son la huella más definitiva de nuestra ascendencia morisca y libertaria. Flamenco proviene de dos palabras en árabe dialectal: felah (campesino) ymencub (desahuciado, marginado, excluido, sin nada). Inicialmente, el flamenco era el desterrado y perseguido que decidió quedarse. El morisco. El gitano. El esclavo. El marrano… Y entre todos ellos crearon una manifestación artística tan popular como inasequible, tan auténtica como universal. En ella se condensa el dolor de la pérdida y la alegría de la resistencia. La bipolaridad de la esencia andaluza. Sin lugar a dudas, somos flamencos. Moriscos. Andaluces. Universales.

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